San Pedro Nolasco
Celebrado el 6 De Mayo
«Este redentor de cautivos, fundador de la Orden de Santa María de la Merced consagró su vida a liberar a los cristianos y él mismo fue apresado en Argelia en una de las expediciones que llevaba a cabo con este objetivo»
Natural de Barcelona,
España nació hacia 1180. Sus padres debían poseer tierras en zonas
colindantes a la capital. Y él crecería en ese privilegiado entorno
junto a un monasterio románico, hasta que huérfano de padre a los 15
años, con la aquiescencia materna, repartió sus bienes. En edad de
contraer matrimonio se arrodilló ante la Virgen de Montserrat y le
ofreció su vida dando la espalda a mundanas vanidades. La época
histórica en la que discurría su quehacer, con el dominio musulmán sobre
las costas en todo su apogeo, trajo consigo el destierro de miles de
cristianos a África. Eran personas cruelmente maltratadas y angustiadas
por un yugo injusto que llevó a muchas a renegar de su fe pensando que
Dios las había abandonado. Pedro tomó conciencia de la tragedia que
encierra la esclavitud. Y en 1203 ya estaba implicado como benefactor de
los pobres según consta en documento escrito que lo menciona como
«responsable de la limosna de los cautivos». Precisamente ese año tuvo
lugar en Valencia la primera «redención de cautivos».
El santo rescató
con sus propios medios a unos 300.
Cuando se le agotó el dinero, formó
grupos para recaudar la «limosna para los cautivos». Y al quedar
clausurada esta vía de ayuda, pensó ingresar en alguna orden religiosa o
trasladarse al desierto.
Hubo dos hitos significativos de carácter sobrenatural que marcaron
su trayectoria espiritual y apostólica.
En 1203 en un sueño se vio
transportado al atrio de un espléndido palacio donde existía un frondoso
olivo. Dos venerables ancianos le encomendaron su tutela.
A ellos
siguieron los furibundos ataques de otros dos hombres que se cebaron en
las ramas y el fruto. En medio de la lucha observó que de la rama
cercenada brotaba otra más esplendorosa, y otro tanto acontecía con el
fruto.
Desvanecida la visión, quiso interpretarla.
Esta experiencia, a
decir de los cronistas, pudo ofrecer dos perspectivas.
En la primera, el
atrio sería el mundo; la oliva, la Iglesia, y los agresores, los
enemigos de la fe representados en las cohortes de prisioneros que se
asfixiaban bajo las cadenas de la cautividad. Al rescatarlos, él
liberaría a la Iglesia de su opresión.
En otra lectura se habrían
invertido los símbolos; tendrían nueva y simple matización.
El atrio
sería la Iglesia y la oliva la Orden que iba a fundar: un alborear para
los que se hallaban presos.
A esta convicción le habría conducido la
Santísima Virgen, a quien Pedro se encomendaba buscando luz para
clarificar su devenir y la voluntad divina que pudiera encerrar este
hecho.
Así las cosas, y este fue el segundo hito, la noche del 1 al 2 de
agosto de 1218 se le apareció la Virgen. Iba vestida con el hábito
blanco característico de los mercedarios.
Movido por Ella, el 10 del
mismo mes y año creó la orden de Santa María de la Merced para la
redención de cautivos en la catedral de Barcelona.
Fue un acto emotivo,
de honda significación, que tuvo lugar ante la presencia del monarca
Jaime I de Aragón y del obispo Berenguer de Palou.
Éste fue quien impuso
al santo y a los doce primeros integrantes de la fundación la túnica
blanca con todos sus elementos inspirada en la que llevó María. La nueva
realidad eclesial, que anteriormente había sido laica, fue dotada con
un cuarto voto, el de liberar esclavos, que se añadió a los clásicos de
pobreza, castidad y obediencia. Les comprometía a entregar la propia
vida a imagen del Redentor.
En los inicios de la instauración de su obra
Pedro no estuvo solo; contó con el inapreciable consejo y ayuda de san
Raimundo de Peñafort. En ese momento, las circunstancias propiciaban la
labor de estos nuevos redentores.
El hospital barcelonés de Santa
Eulalia era cobijo de indigentes y cautivos que regresaban de tierras
moriscas sin medios para sobrevivir. Y en ese establecimiento, asignado a
los mercedarios por el rey aragonés, comenzaron su excelsa labor.
Cada
rescatado tenía la obligación de participar durante un tiempo en la
redención de nuevos cautivos. También reemplazar al esclavo ocupando su
lugar, siempre que su fe estuviese en peligro y no tuviesen dinero para
rescatarlo.
En una de las expediciones realizadas por Pedro Nolasco a
Argelia para liberar a cristianos fue hecho prisionero, pero finalmente
consiguió la libertad.
Fue un hombre de oración, humilde, generoso, lleno de fe y entrañas
de misericordia, fiel observante de la regla, entregado, con gran visión
y celo apostólico.
A ello se unían sus ansias de morir por Cristo. Éste
ímpetu, junto a su fe, propiciaron la existencia de la rama mercedaria
femenina.
La materializó con la anuencia de María de Cervelló, luego
canonizada, joven natural de Barcelona a la que supo transmitir el
espíritu que animaba la Orden instituida por él y de la que fue superior
general.
Diecisiete fundaciones extendidas por Cataluña, Aragón,
Valencia, Mallorca y Carbona dan idea también de su amor a Cristo y a
sus semejantes.
Con el generoso grupo de seglares que se implicaron en
la admirable tarea de auxiliar no solo a los cautivos sino de prestar
asistencia a pobres, enfermos y peregrinos, creó una fraternidad.
El rey
Jaime I, al que acompañó en la conquista de Mallorca y Valencia, le
donó el monasterio de El Puig. En 1235 Gregorio IX emitió la bula
«Devotionis vestrae» confirmando su obra. Fue agraciado con éxtasis y
dones de profecía y milagros.
Cuenta la tradición que hubiera deseado
venerar las reliquias de san Pedro en Roma, peregrinación que no pudo
efectuar.
En su desconsuelo, éste se le apareció en sueños durante tres
noches consecutivas diciéndole: «vengo a verte porque tú no puedes ir a visitarme».
En la última, mientras Pedro Nolasco oraba de rodillas, vio al apóstol
crucificado, cabeza abajo.
Le instó a no dejar España donde florecía su
excelsa labor. Murió el 6 de mayo de 1245 pronunciando el Salmo 76: «Tú,
oh Dios, haciendo maravillas, mostraste tu poder a los pueblos y con tu
brazo has rescatado a los que estaban cautivos y esclavizados». Urbano VIII lo canonizó el 30 de septiembre de 1628.

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